LOS QUE NO ESTÉN FOLLANDO, QUE SE MARCHEN

Tendré algún complejo infantil, o no me dieron dos bofetadas a tiempo, vaya usted a saber; pero lo que a mí me gusta es transgredir. Recuerdo la educada y rotunda forma con que nos echaron de un pub elegante, tipo inglés. Como no ponían aperitivos con las cervezas, uno de mis amigos, sirviéndose de una navaja albaceteña fue cortando, con auténtica maestría, una hogaza de pan y una sarta de choricillos picantes para acompañar a las birras. Dada la reacción del dueño del local, aquello debía ser poco adecuado para el gusto británico. Pero lo del otro día, que nos echaran del Consentido, me hizo sentir en baja forma.

Nos dimos cita en ese curioso bar, para vernos, jugar, tomar unas copas y celebrar que somos golfos, pero con principios. Hacía tiempo que esperábamos la fiesta de Mosca pero finalmente pudimos reunirnos un buen grupo de amigos (por cierto, que la gente confirme y luego no aparezca sin siquiera enviar un sms avisando que no va a ir, me parece de un mal gusto… aunque no se les echó de menos; llenazo hasta la bandera.) Por allí había gente de todos los palos, que diría un flamenco: swingers, bedesemeros, kinkis, magos, improvisadores e incluso vainillas. Eso sí, todos golfos, y mucho. Un cónclave (a puerta cerrada y con fumata) muy divertido, donde besar, abrazar y cotorrear con muchos amigos que hacía tiempo no veía.

Dos detalles del local dan una idea del cariz de la fiesta. Una preciosidad de mujer, ceñidas sus curvas sólo por un escueto conjunto de lencería, ofrecía a los asistentes bombones, pensé en el primer momento cuando apareció a mi lado con la bandejita, pero… no, eran condones; que rima, pero son otra cosa.

Me presentaron a todo un personaje equipado con algunas herramientas sado. Al principio pensé que era un dominante, para descubrirme poco después recibiendo lecciones de manejo de gato (ese látigo cortito y de muchas tiras que no maúlla pero produce otra música) sobre el culo de su propietario, que con gusto, y mucha paciencia, gozó con mis inexpertos azotes. Aún recuerdo con agrado el sonido de los latigazos en sus nalgas, y las miradas cómplices y divertidas de los amigos que nos rodeaban. Aún no he terminado de decidir qué fue lo que más me gustó, hacerlo o que me miraran, si bien mis tendencias parecen decantarse hacia el lado exhibicionista.

Algunos, pese a que el local sólo es un bar de copas, eso sí, con exposiciones de pintura erótica, sex-shop, venta de libros de temática claramente sexual, y un par de puntos de suspensión, no perdieron el tiempo y follaron allí con toda libertad.

Ya muy avanzada la noche, y bien pasada la hora de cerrar, algunos aún andábamos por allí de risas, mordisquitos y coqueteos. Los dueños del local, encantadores, no veían la manera de sacarnos de allí. Entonces, Víctor, con una exquisita naturalidad, dijo bien alto y claro para que todos pudiéramos escucharlo: “los que no estén follando, que se marchen”.

Nunca pensé que me echarían de un garito por no hacer algo que en cualquier otro lugar se consideraría un escándalo. Fascinante.

CON DILDO Y A LO LOCO

Hay que admitirlo, la gente se sigue casando, por lo civil y por lo penal-católico-apostólico. Pero igual que a la cuaresma le precede el carnaval, a la boda, la despedida de solter@. Unos días antes de casarte, de comprometerte a una fidelidad “ad aeternum”, durante una noche tienes patente de corso para tirarte a todo lo que se mueva, y a lo que esté quieto, si es lo que te pone y se deja. Luego, nada de nada, que bien clarito te lo dicen tu pareja, el cura, los amigos, tu madre y todo cristo (sólo en teoría, claro; se podría contar la historia de la humanidad simplemente haciendo un dietario de adulterios). En ese altar del todo-vale, la parafernalia es realmente cutre: desde la pandilla de amig@s disfrazadas con camisetas impresas con eslóganes ridículos, acompañadas con cuernos, corazones, condones prendidos con imperdibles, matasuegras y trompetas, hasta la cúspide de la horterez: la limusina blanca. Pero lo básico consiste en dos grupos de amig@s recorriendo la ciudad montando mucho jaleo y totalmente borrach@s. Preferiblemente en días distintos; así evitan coincidir: como todos se conocen se les cortaría el rollo.

Hace poco pude presenciar una despedida de soltera muy poco corriente. Estábamos en uno de esos garitos para golfxs bedesemerxs, cuando apareció una parejita por el local, muy monos y coquetos los dos; serio él; grande y de carnes apretadas ella. A mí, de natural observadora o cotilla, me resultó un poco raro que él se tirara un par de horas echándose un copazo tras otro al gaznate. Con tanto alcohol no se le pone brava ni al más pintado, me dije. Lo achaqué a esa timidez de algunos hombres en tales trances. Acaban creando un círculo vicioso: beben para animarse a follar, pero no follan, porque de borrachos que están no se les “para”, como dicen en Argentina. Ella, comedida al principio, luego juguetona, parecía inclinarse más hacia las chicas que hacia ellos. Nada que objetar, todo el mundo sabe que las mujeres están más buenas.

Avanzada la noche, ya metidos en harina, detecté un movimiento del personal hacia uno de los rincones del local. Mi olfato me decía que iba a pasar algo, algo infrecuente, así que dejé en suspenso el juego en el que estaba y me puse a cotillear. Mi intuición no falló, deparándome una secuencia impagable. El tipo seguía con su copa atornillada en la mano, pero ella se había desnudado de cintura para abajo y reclinado sobre un potro de sumisión. Otra de las asistentes a la fiesta, muy dómina ella, pertrechada con un arnés provisto de un enorme dildo, comenzó a sodomizar a la chica. Interesante y provocativa la imagen de las dos, atractivas ambas, copulando salvajemente. Mientras tanto, el chico de la copa, miraba arrobado como su chica era sometida con tesón.

Lo curioso del caso, me enteré después, era que aquella escena de dominación había sido pagada por el novio como regalo de despedida de soltera.

Ni se me había ocurrido semejante versión, pero caray, puestos a pasar por el altar, mejor hacerlo a lo grande, ¿no?

YA CAERÁ


No me considero una coleccionista en el sentido estricto del término. O tal vez lo sea, pero sólo de palabras, que sí colecciono; cuantas más mejor. Tengo algunos recuerdos, discos antiguos, cientos de libros, los dientes de leche de mis hijos y poco más, objetos que no se puede decir que formen parte de una colección. Aunque he de confesar que estoy reuniendo (eso sí, de una forma totalmente utilitarista) un apreciable número de cucharillas de café. Mi chico las roba para mí en los cafés, los hoteles y los restaurantes. Ha llegado a tal grado de sofisticación que incluso ha conseguido co-robar una, de plata además, con la connivencia del dueño de la tienda de antigüedades. Es una delicia, porque cada cucharilla me recuerda un momento muy especial.

Conozco gente que colecciona cosas inverosímiles: condones usados, con contenido, aclara con orgullo la propietaria; bragas y tangas usados (éste tipo es un peligro, por menos de nada te deja sin esa pieza de lencería que adoras); cartas de desamor y últimamente también sms de abandono, que ahora dejar a alguien ha de hacerse rápido e indoloro, muy del siglo XXI.

El otro día, esperando aburrida en la cola de la ITV, al distraerme echando una mirada por los rincones de mi coche, encontré una de esas pulseritas negras que te daban en el Darksabbat si confiabas el abrigo y el bolso a su guardarropa. Una preciosa pulsera de cuero negro con el número 46, que me llevé conmigo sin querer una de las últimas noches que estuvimos allí. Cuando la miro, me acuerdo de aquellas fiestas de risas, juegos, suspensiones, conversaciones inteligentes y simpática complicidad. Si algún día vuelve a abrir el Dark, crucemos los dedos porque sea pronto, ese será mi regalo de inauguración.

Pero entonces me dí cuenta de que sí que atesoro algunos objetos especiales, casi tontos, recuerdos de las noches de correrías por este mundillo: dos corazones con mi nombre y el de mi chico, contraseña indispensable para entrar al añorado Garaje de Mosca en la juerga del pasado San Valentín. Un trozo de cuerda, parte de la que ciñó mi cuerpo en mi primer bondage y que le robé a mi chico sin que se diese cuenta (ahora me culpará de que no le salen los nudos por dos centímetros de menos) y un mechero. Lo del mechero tiene menos consistencia, o más, según se mire. Estábamos charlando un grupo de amigos, y una de las damas a quien conocimos esa noche, observaba a mi chico con ojos de “te follaría aquí y ahora”. Me pareció divertido, y ella una mujer llena de encanto. Sin rodeos le pregunté si ella era bi. Ante su afirmación, le propuse un trío, y aceptó al momento, mientras seguía con aquella mirada rebosante de apetito. La cosa no se consumó, pero cada vez que enciendo el mechero que le distraje esa noche, vuelvo a  ver la llama del deseo en aquellos ojos y me digo, ya caerá. Prometo no quedarme con sus bragas.

PENSAR

Pensar. Siempre pensar. Pensar en que me tengo que depilar, vestir, maquillar, coger el coche, y salir corriendo. Pensar en cómo será el culo de ese hombre que el destino me reserva esta noche. Pensar en el sonrojo que ahora mismo habrá inundado mi piel, tras ese pensamiento lúbrico. Pensar si serán interesantes y morbosos: ellos, la pareja con la que hemos quedado esta noche. Pensar en cómo será la voz de él, cómo serán sus labios, su piel, cómo se moverá dentro de mí, en cómo sabrá su semen. Pensar en las tetas de ella, en su olor, en el tono de sus jadeos. Pensando, pensando, he llegado hasta el lugar de la cita. Veo a mi chico dubitativo: mira que apenas hemos visto fotos de ellos, que podemos llevarnos un buen chasco, ya nos ha pasado otras veces... Pensar si comenzaré a comerle los morros directamente, o por espachurrar con mis manos ese culo redondo, compacto y prieto que ya he visto por el Messenger. Pensar si son ellos, esa pareja sofisticada vestida de negro, ese culo que da la espalda al mundo con arrogancia, esa mano que ciñe la estrecha cintura de ella. Pensar si debo tomarme un gin-tonic o un margarita. Pensar en que hoy no quiero hablar, solo sentir. Pensar en poner una cara de genuino interés durante toda esa conversación preliminar, antes de largarnos a su casa, o a la nuestra. No necesito hablar, solo pensar, solo sentir. Ese es mi lema esta noche. Pensar en el olor de la piel de él, en lo aromas de bergamota de ella, en el maravilloso perfume de mi hombre, que bebo extasiada sobre la piel de su cuello mientras ellos hablan. Pensar en esa gota lasciva que cae de la boca de él, desde el vaso largo de ron con lima. Pensar en esos trocitos de limón macerados en cachaza que ella revuelve con el palito de plástico de aspecto fálico, como si ese pequeño pene húmedo estuviese ya dentro de mí. Pensar en cómo quitar de un modo perverso ese pantalón ceñido que constriñe el culo de mis sueños de los últimos días. Pensar en cómo mi pareja va a levantar el vestido de ella, por un lado, dejando a la vista sus nalgas y ese tanguita negro que seguro que lleva puesto. Pensar en cómo desgarraría el encaje de las medias que aprisionan sus piernas, cómo apartaría a un lado el tanga y pondría directamente la polla de mi chico dentro de ella. Y por un momento no pensar, sino escuchar sus jadeos, sin elaborar, sin atender a nada más. Sin preguntar siquiera. Y esperar cómo la lengua de él me recorre. Pensar si le gustará el sabor de mi sexo. Pensar cuanto placer me espera en esta noche. Pensar en mis pezones, duros como el marfil, como aquella vez que el shibari me tomó en sus alas. Pensar que no olvidaré jamás la calidez de esa respiración lamiendo mis lóbulos. Pensar si se va a tragar mi pendiente. Pensar si llegaré a tiempo de beberme el sudor que corre por la espalda de mi chico mientras galopa vertiginoso sobre nuestra morena de cuerpo rotundo.
Pensar, sentir un estallido de supernovas recorriendo mi espina dorsal. Pensar en el aire que no puede entrar en mis pulmones porque todo mi ser se sacude bajo este orgasmo tumultuoso, sin espacio para nada que no sea este placer. Pensar en nuestras bocas húmedas, con sus lenguas levantando tempestades, que chupan, succionan, lamen, enaltecen... Pensar en este placer que nos llena. Pensar en continuar explorando esta colección de pliegues, redondeces, oquedades, protuberancias... Pensar, sentir. Solo eso.

BDSM+K STYLE

En Nochevieja me regalaron unas Adidas. Así he comenzado el año. Curioso inicio para el 2010; tal vez una señal… bueno, literalmente una señal. Y no, nada que ver con las famosas zapatillas deportivas.

Después de las doce uvas, ingeridas con cuidado siguiendo el ritmo de las campanadas, procurando no atragantarnos, y al mismo tiempo pensando, como es costumbre, en todas esas gilipolleces y buenos propósitos que luego nunca cumplimos, decidimos celebrar la llegada del nuevo año jugando con cuerdas. Así que me suspendieron, y mira que me había portado bien y completado correctamente todos mis deberes. Vamos, que no había pasado ni una hora de este 2010 y ya estaba colgada. Preciosas sogas de yute rojas, mis favoritas (si alguien quiere hacerme algún regalito… total, los reyes pueden llegar con retraso, por lo de la nieve y eso). Algunos trabajaron, otros miraron y todos disfrutamos, pero la que estuvo volando fui yo. Delicioso, como siempre. Estar en el aire se ha convertido en una forma distinta de entrar en algo parecido al trance. Tras la copiosa cena, los buenos caldos, el champán para el brindis y un vinito delicioso para acompañar a la fondue de chocolate, yo tenía mis dudas sobre la estabilidad de mi estómago. Pero resistió. La ceremonia de voladura fue, sencillamente, genial.

Cuando terminamos, descubrí mis nuevas tetas marcadas: tres bandas moradas, paralelas y ligeramente inclinadas, decoraban en perfecta simetría mis dos pechos tal que unas auténticas Adidas. Una monada, la verdad. Marcas que he llevado con orgullo toda la semana en la estación de esquí. Mi hijo mayor, una de esas tardes que volvíamos destrozados de deslizarnos por la nieve, al salir de la ducha me pidió que le enseñara como han quedado finalmente mis nuevos pectorales pero, como podéis comprender, aplacé la exhibición para otro momento.

Al día siguiente, cegada por la ventisca mientras bajaba por la pista de los novatos (esquío de madre, que no de puta madre), intenté calcular cuantas señales de cuerdas, azotes y otros estigmas llevarían bajo la ropa mis compañeros de descenso. Puede que más de una y más de uno, estoy segura, se muriera de envidia al ver mis flamantes y originales Adidas BDSM+K Style.

PENE DE HIELO

Sé que cuesta creerlo, pero la realidad, casi siempre, es más rica que nuestros sueños más locos. En mi pueblo, donde al parecer pagamos poco por el sol (estuvo varios días seguidos cubierto permanentemente por una capa de niebla que ni en la peor peli de miedo), sí pagamos por la nieve. Aquel lunes de la gran nevada pasé junto a un parque y me pareció ver un muñeco de nieve. Me paré y lo miré con detenimiento: no era un muñeco de nieve al uso, era un pene de nieve y hielo. Perfecto, con sus dos atributos en la base, su cuerpo erecto y un glande pulido con la punta ya congelada. Mientras me retorcía de las carcajadas al ver a dos abuelitas acercarse a verificar aquello, me acordé de un juguete que una buena amiga trajo a casa la otra noche.


Conozco a varias mujeres para quienes los juguetes eróticos son parte del juego de pareja (o de trío, cuarteto, sexteto… que no nos vamos a poner estrechos ahora). El pene de hielo de mi pueblo me ha recordado la última adquisición de esa amiga: un doble dildo de cristal, con aplicación vaginal y punto de estimulación del clítoris. Sus gritos y jadeos, mientras jugaba con su nuevo capricho al tiempo que era sodomizada, nos dejaron a todos en estado de extrema excitación.


Últimamente he sabido que algunos hombres se sienten ofendidos si en la acción está presente uno de estos juguetes; ven disminuida su calidad de machote. Los más atrevidos se quejan amargamente; los más discretos preguntan cuándo van a tener una sesión “de verdad”. La gran mayoría no dice nada, ¿serán muy cool o por dentro se estarán cagando en nuestras madres?


Ante la visión del pene de hielo me he preguntado cuantos hombres se van a sentir acomplejados ante semejante grandeza, y cuantas señoras van a tener fantasías.


A mí, la visión del parque, me ha dejado una estela de sueños calientes y húmedos que me llevan directamente a ese hotelito de hielo que hay en Kiruna, en el círculo polar, y al que le tengo muchas ganas. !Se me ocurren unas maldades con tanto hielo alrededor!

JAPIVERDEITUYÚ


Lo que más me gusta de las velas es encenderlas, ese gesto tan sencillo es para mí el inicio de una fiesta. Una cena especial en familia o con amigos, un encuentro romántico o un momento íntimo que merece ser iluminado con dulzura. Pero tengo un problemilla con ellas: no me gusta apagarlas. Lo hagas como lo hagas, de un soplido o con más cuidado, siempre queda ese desagradable olor que invade el aire y el recuerdo de los momentos pasados, pues en ese instante ya ha terminado todo. Con las de cumpleaños, esas que ponemos en las tartas (simbólicas cuando has pasado la barrera de los cuarenta, que tampoco está el patio para despilfarros, ni el cuerpo para huracanes), mi relación es meramente tolerante. ¿Qué hay que ponerlas? Pues se ponen y punto, que el homenajeado ya se acordará de la madre de todos nosotros.

Claro que si las velas son siempre parte sustancial de los cumpleaños, su uso difiere bastante. Me explico, que ya me voy por las ramas, o por las ceras, mieles y panales.

Vamos, que estábamos hace unos días en el Fetterati celebrando el no-cumpleaños de una maravillosa amiga, charlando entre bombones (de los dos tipos), admirando tacones y disfraces de secretarias perversas, botones sacarinos y otras layas de oficina, brindando con champán, entre abrazos y besos, cuando… ¡caímos en la cuenta de que se nos habían olvidado las velas! Imperdonable. Bueno, incluso se nos había pasado de lado la tarta. Somos de lo que ya no hay. Menos mal que uno de los asistentes, poniendo de su parte unas generosas ganas de jugar, se ofreció a componer con su cuerpo el pastel. Y en lugar de velas, E. fue colocando sobre su cuerpo desnudo gotas de cera, tantas como años, negras como sus medias de cumpleañera, mientras los demás aplaudíamos aquella carnosa y dulce improvisación.

Me lo pido para mi próximo cumple, sin dudarlo. Estuve tratando de convencer a mi chico para que se dejara cubrir de gotitas de cera, una por cada año, y ya son muchos. Aunque por la mirada que me ha echado no parece entusiasmarle nada la idea, ¡con la ilusión que me hacía! Antes se le llenaba la boca con la palabra switch y ahora “ná de ná”, sólo le va el shibari y para atar él. Así que tendré que buscarme una sumisa que se preste al juego. Avisaré con tiempo, por si alguien se apunta.